MISS LIVI RELOADED
En los cursos anteriores fui seria y me ponía punk fácilmente; sin embargo, durante el año en que no fui maestra, me pregunté por qué no incorporar el humor a las clases, por qué dejarlo fuera, como un suéter que se cuelga en el perchero. De ahí que ahora eche mucho chascarrillo en clase, lo cual ha roto una barrera y suavizado la relación entre ellos y yo. Por supuesto, hay veces en las que me sulfuro; imagínense: son cuatro grupos de cuarenta alumnos que tienen alrededor de quince años; como comprenderán, en esa circunstancia es difícil mantener la temperancia. De cualquier modo, mi aspiración es no perder la calma; ojalá pudiera llegar a ser como Toño Lee, mi mejor maestro en el CCH, quien incluso al llamar la atención permanecía juicioso, ¡pero qué difícil! Y es que la docencia implica eso: el trabajo constante con uno mismo y sus emociones.
Hace unos días, la directora entró a supervisar mi clase. Ella tomaba notas y notas, mientras yo, toda nervios, procuraba dar la clase como si ella no estuviera. Al final, me felicitó en persona y por escrito, con una copia para mi expediente. Eso fue muy alentador; como lo es el ver los avances diarios de los chavos, pues lo más importante, el sentido que encuentro en este oficio, es el contribuir a la formación de otras personas. Y me alegra que se acerquen para platicarme de su vida o preguntarme sobre la mía: qué libro estoy leyendo, qué música escucho, si soy casada, dónde estudié, si fue difícil, si he probado alguna droga, si creo en Dios. Sé que esto quiere decir que sienten curiosidad y confianza. ¿Y yo? Yo no planeo pasar la vida impartiendo clases en una prepa; pero, por otra parte, no sé en qué momento querré dejar de hacerlo. Lo cierto es que cada día he sentido la certeza de estar en el lugar correcto.

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