EL TRANSPORTE Y LOS MALANDROS
La otra noche estaba en la base. Me salieron barbas, y del micro ni sus luces neón. Entonces volteó un señor, dijo: estos microbuseros, hijos de la madre, dejan de cargar pasaje cuando quieren, salen a la hora que se les da la gana ¿o no, señorita? Yo contesté: tiene toda la razón, además manejan como si vinieran solos, son unos verdaderos malandros. Total que ambos hicimos grupo con otros vecinos, de modo que seis, en total, nos dispusimos a tomar un taxi, pero como a veces no quieren subir tanta gente, una señora propuso que fingiéramos ser familia. Nos trepamos al coche, pregunta el taxista: ¿de aquí a Six Flags (por aquello del auto sardina)? Y nosotros: jajaja. Total que los vecinos llegamos a una misma conclusión: los microbuseros son malandros debido a que lo hemos permitido; por eso, en el camino hicimos un pliego petitorio, decidimos a quién enviar el documento e incluso nos repartimos tareas. Poco a poco, cada pasajero se fue bajando, al tiempo que decía frases como: adiós familia, o hasta luego, tío.
El malandro buenaonda.
Ya sé ya sé, es un mal hábito el tomar taxis. Y es peor tomarlos sin fijarse si son piratas. Hoy hice eso. Tenía tal prisa, que me subí en el primer objeto rodante y rojidorado que pasó. Una vez dentro, me di cuenta de que el coche no tenía tarjetón, ni calcomanías oficiales, ni taxímetro; lo que sí traía era una especie de baffle, con los cables afuera, así como una palanca dorada, con forma de cabeza de chivo. Y que voy viendo al conductor: a-su-mechísima, era igualito a los que salen, portando una pistolota, en las noticias sobre las bandas atrapadas; prejuicio fundado o infundado, sigo pensando que era un malandro, mismo que conducía que daba miedo. Yo procuré ser amable, mientras me agarraba al asiento con veinte uñas y lo oía mentarle la madre a todo el que se le ponía en frente, de pronto mete la mano bajo el asiento, pienso: ¡la fusca, ya me morí! Pero lo que sacó fue un poco de estopa con que limpiar el parabrisas.
Finalmente, el conductor me dejó en la puerta de mi trabajo, no sin antes decirme: tómate una taza de miel con harto limón, para que se te quite la tos. De paso me deseó un bonito día, yo contesté: igualmente (lo cual espero que no equivalga a: que le vaya muy bien, que robe mucho hoy.)
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