LA TROMPETISTA DE FALOPIO



jueves, octubre 09, 2008

MI TESIS ES COMO EL CHAPOTEADERO

Yo nadaba cuando era preescolar. Tenía unas chanclas con un Ziggy estampado; eso no viene al caso, pero me gusta mucho recordar mis chanclas de Ziggy. En la escuela de natación, antes de entrar a la alberca los niños debíamos permanecer quince minutos en el chapoteadero. Recuerdo que durante una temporada yo no quería chapotear: por eso me ponía a la chille y chille, no quiero, que no y no, yo aquí me quedo. Sin embargo, una vez dentro, disfrutaba mucho el agua; pero al siguiente día, de nuevo me ponía rejega. Así mero me pasa con la tesis. Estoy terminando el tercero de tres capítulos. Cada que tengo tiempo de sentarme a escribir, me digo que no, no, yo me quedo frente a la televisión; cuando por fin encuentro voluntad, voy, me siento, trabajo y lo disfruto; pero al otro día, viene el cus cus irracional y una vez más me quiero poner a la chille y chille.

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viernes, septiembre 07, 2007

TÍO EN HOSPITAL

A las tres de la mañana timbró el teléfono. A penas reconocí la voz de Patricia supuse que algo malo había ocurrido al abuelo; mi sangre se heló. Sin embargo, no fue él sino tío Petit quien sufrió un infarto. Avisé a mi madre, me vestí, guardé algunas cosas en la mochila, todo ello con rapidez, a pesar del temblor en mis manos, el mareo, las ideas e imágenes que entre sí se atropellaban.
Recuerdo el traslado de mamá y mío al hospital: un cielo aún nocturno, semáforos, sucesión de líneas blancas sobre el asfalto, no lo creo, un mes atrás, con mariscos y manteles largos, celebramos sus cincuenta años, pero era de esperarse, trabaja exhaustivas jornadas para mantener un status fresoide, ha de estar gravísimo ahora y por eso nos llamaron, fue el cigarro, la sal, la falta de ejercicio, fueron acaso los corajes, ya quiero estar con mis primos; en fin que todo esto rondaba dentro, me hacía enmudecer, preguntarme cuántas veces en mi vida, al albear saldré de casa, tironeada, presurosa, estremecida, a encontrarme con el dolor ajeno y propio. En la sala de espera vi una cara que a mi abuelo no le conocía, y su pesar de padre mudó en gota marina.
Hice mi día: más para lustrarme el ánimo que para atender asuntos filosóficos, acudí a Stefan; después fui a la Facultad y finalmente anocheció en una escuela de jipis, donde a Lucía escuché cantar bossanova. Hoy he reído y escribo que a pesar de ello, no me abandona el desconcierto, la imagen de mi tío, pues aunque no le he visto, sé que ha sido invadido por mangueras y por cables y por líquidos amargos, sé que es una máquina la que respira en su lugar y que no ha salido del peligro.
¿Y quién es mi tío Petit? Me pregunto y contesto: el tío Petit es el pambolero que cada domingo organiza la cascarita, el más peligroso contrincante en la guerra anual de migajas, la vuelta de Guerrero a casa en una carretera nevada, el que contra mí perdió un juego de scrabble y con ello una apuesta, el chascarrillo y la neurosis, el niño que se accidentaba cada tres minutos según cuentan, el hijo consentido de mi abuelo, el que aveces contesta muy feo, el galán en su mocedad, el papá que a menudo se engorila, pero que se esfuerza por brindar juguetes locos, entrenamientos, tiempo y buenas escuelas a sus muchachos; el que siempre coopera, mi tío es el amor apache: cosquillas y luchitas, quien siempre me ha llamado Vili Minjaz, mi tío es la rola que dice quítate ya de aquí perro lanudo, déjame estar solo con mi novia, mi tío es la risa que hace algunos meses me dobló en los juegos mecánicos y en la casa de espantos. Pero hoy, tío Petit es la incertidumbre que duele en el pecho.

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