LA TROMPETISTA DE FALOPIO



viernes, diciembre 03, 2010

DE CÓMO DEJÉ AQUEL TRABAJO CAMPECHANO

Finales de agosto. Surgió una gran oportunidad: docencia, buen sueldo y departamento. No obstante, en mi segundo día, dije paniqueada y burguesamente: ¡¿Dónde están las bibliotecas!? ¡¿Dónde, las librerías!? ¡¿Dónde, los humanistas?! ¡¿Cómo voy a hacer verdaderos amigos, si a mis compañeros les gusta Disney, los federales y el reggaetton?! ¡¿Cómo, a impartir tantas horas de clase!? ¡¿Cómo, a entrar a una maestría, si estoy en una isla?! Y entonces... me regresé. Después me di cuenta de que aquéllas eran malas razones para volver: hubiera podido pedir los libros por paquetería, convivir con gente distinta, establecer relaciones cordiales e impartir ese montón de horas de clase.
Al regresar, tuve que darle la bienvenida a la ronda de preguntas, a la desaprobación general y a la vergüenza pública, porque creánme: hay gente que juzga duramente. Aunque bueno, tampoco me haré la mártir; recibí un gran apoyo de mis amigos, quienes me vieron con una amorosa mirada de: “ay, Livi, ya ni la chingas.” Mijael dijo que de haber sabido que volvería tan pronto, hubieran acampado para hacer una despedida-bienvenida.
A pesar de mis malas razones, siento que tomé una buena decisión, pues al volver vi esta ciudad de otro modo: me dio mucha alegría la existencia de los cafés, las librerías, las bibliotecas, los lugares para hacer una maestría en alguna humanidad o ciencia social; fue como ver todo eso por primera vez. Además, regresé con una gran avidez por leer. Lo primero que leí fue a Fromm. Luego leí Confieso que he vivido; Neruda, su autor, me contó: “yo he estado en ciudades, islas, bosques, pampas y minas. No me dieron miedo las personas ni los lugares ni la soledad.” Aprendí de él y de mi regreso. Me prometí que, en adelante, no tendré miedo a estar sola, y tampoco a lo que es diferente a mí, a mi gente o a mi ciudad.

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sábado, junio 27, 2009

KUMBAYA ACABA LAS DROGAS Y LA DISCUSIÓN

En el próximo curso de Ética, para puntualizar: en la parte referente al uso de drogas, diré a los chamacos: "cierren sus libros, traigo uno más adecuado, a ver, Evangelio Según San Marcos, capítulo tal, versículo cual... Veanme a mí, sé que drogarse es malo porque estudié en una escuela franciscana, donde conocí a Cristojesús. No, no vamos a debatir, en vez de eso al salir de clase iremos a La Villita."
Y ustedes, rockeros, poperos, metaleros y demás, si van a cantar, canten kumbaya, my lord, kumbaya. Eso los librará de una vida disoluta, como la del Maicol.

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miércoles, junio 10, 2009

RECETA MÉDICA.

Debido a mis últimos posts, he recibido algunas llamadas y mensajes del tipo "¿Estás bien? Me tienes con el Jesús en la boca." Por ello, les informo que sí vinieron los paramédicos, quienes me dieron los primeros auxilios y la siguiente receta:

- Trabajo creativo.
- Una tarde con mis abuelos.
- Películas protagonizadas por Bruce Lee.
- Trabajo con los cherrybertos (aunque el mío no siempre sea creativo.)
- Chocolate en casa de Tzitzi.
- Película en casa de Rafa.
- Nadar de lunes a sábado.
- Panqués y helado en dosis máximas.
- Música feliz ( a solas.)
- Y lo más importante: un abrazo (bien dado) cada día.

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miércoles, diciembre 10, 2008

EL FIN DE LA AUTOCENSURA. O ENTRE FALDAS TE VERÉIS.

Me choca no poder escribir todo lo que quiero en mi espacio; como quien dice, soy víctima de la autocensura. Esto se debe a que no sólo me visitan mis tías (a quienes ya he preocupado en otras ocasiones), sino también algunas amigas de mi jefatura y tal vez en el futuro lo harán mis alumnos y por eso me siento obligada a escribir puras cosas monas y nada escandalosas. De cualquier modo, ya me fastidió autocensurarme, así que ahí les va el post de la confesión, qué más da si mi familia ya lo sabe y muchos de ustedes también.
Les cuento que a mí siempre me han gustado los chamacones; de hecho, una de mis primeras frases fue “gusta Gabiel,” quien por cierto me llevaba diez años. Recuerdo los nombres de todos los niños que me gustaron en la primaria, y recuerdo que muchos de mis momentos felices en la secundaria los pasé con mi mejor amigo, aquel del only you can do make the darkness bright. Ya en la preparatoria y en la universidad tuve dos novios a los que amé con delirio y obstinación. Además, en los períodos de soltería me fascinaron los nenorros que mostraban lo que socialmente es signo de virilidad: piel peluda, dureza en los bíceps, galantería, fuerza bruta e incluso la habilidad de montar un caballo.
Como pueden ver, mi historial amoroso ha sido heterosexual; sin embargo, por distintos azares y motivos llevo ocho meses con una novia. Sí, como lo leen. No sólo eso, sino que además me enamoré de ella. Así, he experimentado cosas nuevas y hermosas y he sido feliz, pero también he comprendido los padecimientos de mis amigos y exnovios. Ahora sé cómo se sienten las frases del tipo: “disculpa que esté distante, deben ser mis hormonas,” “reconquístame,” “ven vete ven vete ven no sí no sí no.” También sé cómo se sienten las palabras estilo Lupita Dalessio, tras ellas el teléfono descolgado durante horas y uno marcando con desesperación ¿Y saben qué? Me parecería gracioso si no fuera yo quien lo vive; pero estoy segura que en unos años me reiré de esto. Mientras tanto no sé si me afirmo aquí o me reivindico allá y sólo quiero ser feliz como aquel personaje que se enamoró de un ornitorrinco y viajó dentro de la caja de un violín.

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